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No es mejor el juez
riguroso que el compasivo
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El árbitro como representante de la autoridad
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justicia suavizada por la condescendencia, alguien
debe frenar el rigor del reglamento pues no es mejor
el juez riguroso que el compasivo; se dice que la
tolerancia es fácil de aplaudir, difícil
de practicar y muy compleja para explicar. No obstante
esta herramienta psicológica es importante
en la labor arbitral pues a veces para solucionar
inconvenientes, es mejor adoptar una posición
flexible, conozca porque es importante en un partido
ser tolerante.
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Por: Jose Borda
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Prudencia al impartir justicia
El significado clásico de la palabra tolerancia
en el arbitraje ha sido “permitir ciertas cosas sin aprobarlas”,
pero ¿Qué tipo de cosas se deben permitir?
El no respetar las reglas de juego que hacen posible un
partido no está incluido en este ítem ya
que si algunos no respetan esas reglas comunes, la convivencia
se deteriora y el partido no termina. Por ello, quien
ejerce la autoridad está obligado a defender el
cumplimiento de la normas, a capa y espada, sin embargo,
defender una ley o una norma implica casi siempre no tolerar
su incumplimiento aunque existan situaciones que hacen
aconsejable permitir posiciones flexibles.
Apriete y afloje
Decidir cuándo y cómo conviene ser tolerante
en el arbitraje o no es un arte difícil que exige
conocer a fondo la situación, evaluar lo que está
en juego, sopesar los pros y los contras, anticipar las
consecuencias y ahí si tomar la decisión;
al no hacerlo se pone en juego el propio prestigio de
la autoridad, muchos árbitros interpretan la tolerancia
como señal de debilidad. Eso no es cierto, el ejercicio
de esta se ha considerado siempre como una manifestación
muy difícil de prudencia en el arte de impartir
justicia por eso hay que distinguir cuándo hay
necesidad de apretar y cuándo aflojar, si responde
con violencia, los jugadores responden con violencia,
además si el silbato aplica el “ojo por ojo”, lo
único que conseguirá serán problemas.
¿Cuándo se debe tolerar algo?
La respuesta genérica es, siempre que de no hacerlo
se estime que ha de ser peor el remedio que la enfermedad,
se debe permitir cuando se piense que impedirlo provocará
un mal mayor. Desde siempre se ha dicho que en los partidos
es propio del árbitro competente permitir las transgresiones
menores para evitar las mayores, pero la aplicación
de este criterio no es nada fácil, pues existen
una disyuntiva, por un lado hay que ejercer la tolerancia
y por otro, no todo puede tolerarse, lo cual resulta un
arduo problema. En los límites entre lo tolerable
y lo intolerable, el árbitro juega un papel primordial
y no debe consentir ninguna acción que atente contra
el espíritu del juego y las buenas costumbres necesarias
para conservar el control de un partido; en todo lo que
la ley permite, se puede ser flexible.
Formas de tolerancia
En los últimos años en el arbitraje se
aprecia la tolerancia de tres formas la primera en el
abuso de la palabra, dicen los instructores que el grado
de eficacia de un consejo del árbitro está
en relación inversa al número de veces que
lo repite; la segunda en la intolerancia enmascarada,
debajo de muchas exhibiciones de tolerancia se esconde
la paradoja del “dime de qué presumes y te diré
de qué careces”, muchos árbitros creen que
no permitiéndoles nada a los jugadores los van
respetar más y van a tener el control siempre;
por último, en el deslizamiento de la tolerancia
hacia el permisivismo se encuentra la tercera forma, pasearse
a los extremos también es malo porque permitir
todo es nocivo, dañino y no refleja autoridad.
Ejérzala con prudencia
En lo que la ley no permite, el juez puede ejercer la
tolerancia con prudencia, pero hay leyes injustas que
toleran la injusticia, y jueces que juegan con las leyes
justas, la violación de la justicia por el máximo
responsable de protegerla no es una sorpresa para nadie,
y sólo cabe evitarla, esas situaciones constituyen
la justificación y el ámbito de la tolerancia
entendida como permisión de cosas que en otras
circunstancias no se permitirían. Esto es precisamente
la primera acepción de tolerancia, prerrogativa
del que tiene “la sartén por el mango”, que libremente
modera el ejercido del poder “Si acaso doblas la vara
de la justicia, no sea con el peso de la dádiva,
sino con el de la misericordia”.
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